COLUMNA VERTIENTE

Redacción

Por: Bernardo Elenes Habas MxNoticias
Dos de octubre, lección no aprendida.- La ignominia de Tlatelolco arde como un memorial en la conciencia y en la historia de un país cuyos gobiernos, incluido el actual, no aprendieron ni aprenden los signos de los tiempos.

El hartazgo de la generación del 68, se concentraba contra un sistema represor, cuyo presidente de la República, escudado en los valores de la democracia, acumulaba el poder absoluto, como si fuese un emperador.

La noche de Tlatelolco 1968Fue la juventud estudiosa quien abrió las jaulas del grito y la rebeldía. Pero fue reprimida a sangre y fuego por esa osadía.

A 52 años de los hechos, colocándolos en la balanza de la historia y de la realidad, es inevitable deducir que actualmente el sistema, con algunas variantes maquilladas, sigue siendo el mismo.

En esta etapa del país, el presidente absorbe, desde una supuesta aplicación de la democracia participativa, la fuerza portentosa de la decisión política, social y hasta moral, adjudicándose los ejes formidables que sostienen la República: Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Ese acumulamiento de poder en un solo hombre, que se constituye en señal preocupante de antidemocracia, quedó demostrado ayer, 01 de octubre de 2020, a 52 años de la masacre de jóvenes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación, expresa ante el pueblo de México su sometimiento a caprichos anticonstitucionales del mandatario, destruyendo el más alto símbolo de la justicia y de las leyes en la Patria de Juárez, traicionando su juramento de cumplir y hacer cumplir la Carta Magna.

Por supuesto que debe juzgarse la corrupción de expresidentes, utilizando los códigos señeros, no adecuándolos a caprichos y visionesTlatelolco 2 de octubre (2) electorales retorcidas para mantener el poder a favor del partido oficial, Morena, en las elecciones que vienen.

Pero el hecho de que la mayoría de ministros de la SCJN (Arturo Saldívar, Juan Luis González Alcántara Carrancá, Margarita Ríos Farjat, Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, Yasmín Esquivel Mossa, Alberto Pérez Dayán), hayan entregado su voto al absolutismo, deja claro en los mexicanos pensantes, que fueron obligados o seducidos por el entramado de la 4T, colocando en el paredón de fusilamiento al último baluarte de justicia que se mantenía de pie en México.

Por eso en esta conmemoración de la Noche de Tlatelolco, toman mayor relevancia las raíces de inconformidad de la juventud estudiosa, muchachos y muchachos rebeldes que aún no descansan en paz.

Los testimonios de hace 52 años, están en los libros.

Pero también, asoman desde pueblos y ciudades, la memoria acribillada, el recuerdo ensangrentado de los jóvenes de ayer.

Generación deslumbrante, tocada por el rayo de las ideas. Iluminada por el ideal de libertad y justicia.

Tlatelolco 2 de octubreGeneración que incendiaba sus cerebros a través de los textos. Leyendo a Neruda, Miguel Hernández, Octavio Paz, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Walt Whitman. (Este último, el legendario poeta gris que cabalgó las praderas de Norteamérica, derramando sus versos como lluvia, y cantando: “La libertad exige nuestro esfuerzo, suceda lo que suceda”).

El tiempo maduró, como una espiga.

Y de aquel 2 de Octubre, donde brotó la sangre casi niña de hombres y mujeres.

Donde los gritos se confundieron con la noche. Con la metralla. Con la muerte, solo quedó el Memorial de Tlatelolco. Erosionado por el viento de los años. Perpetuando el recuerdo. Dolor convertido en semilla silenciosa…

También perduran en la impunidad los emplazados por la historia. Sin haber sido juzgados plenamente: Gustavo Díaz Ordaz, Marcelino García Barragán, Luis Echeverría Álvarez, Miguel Nazar Haro. Entre tantos integrantes del sexenio 1964-1970.

Othón Villela Larralde, poeta que desde la clandestinidad alumbraba las calles con sus poemas convertidos en fogatas urbanas, pasaba lista de presente, y aunque permanecía vivo, se contaba entre los muertos:

“Las bayonetas,/ fieras aceradas; clavaron su crueldad en los pupitres/ y en los pechos abiertos de los jóvenes.

“La sangre derramó su son rebelde/ desde la voz truncada por el fuego./ México supo del dolor y el crimen/ y la noche cayó sobre la angustia/ con las arterias rotas…

“¡Gonzalo estaba muerto!/ Guadalupe, abril tamaulipeco,/ no volvió a decir en sus corridos/ las cosas nuevas de su tierra vieja;/ ya ni el corrido injusto de sí mismo./ Cuántas sonrisas frescas/ se cambiaron de golpe/ por muecas permanentes de distancia/ sin pasar por el huerto del sollozo./ ¿Su delito? Exigir la verdad y la justicia.

“Nunca el verde fue más tétrico y odiado/ que en esta noche que produce un rojo desolado,/ caliente y borboteante,/ con el viaje del plomo despiadado/ que equivocó de rumbo.

“Arriba,/ un general y un presidente,/ embadurnados,/ con su danza mortífera e histérica,/ con la mueca del odio y la injusticia/ en parodia de Herodes y de Hitler…”.

Han pasado 52 años, y la noche de la ignominia permanece como herida abierta en la conciencia.

Pero también, en la historia de un país, cuya clase política, pese a cambios y transformaciones, no aprende las lecciones de los tiempos, y continúa desafiando la paciencia de una sociedad impredecible…

Le saludo, lector.

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